Bárbara y Leo llegaron a amarse. Si no fuera por la paciencia de Leo, que parecía ser infinita, núnca se hubieran podido conocer a fondo. Él fue el único que supo desde el principio que toda la agresividad en contra de él, los demás muchachos y la gente en general solamente era un mecanismo de defensa para Bárbara, por eso es que le aguantaba las diatribas del principio, por eso es que todas las noches él le cocinaba la cena antes de dormir aunque a veces estaba tan agobiado por sus estudios que hasta le dolían los huesos. En realidad, su llegada lo despertó y mantenía a su mente ocupada. Núnca le tuvo ningún rencor y siempre se las ingeniaba para calmarla de sus pesadillas, después de sus ataques de asma y siempre la defendió por sus creencias.
Cuando hablaban, por lo general ella la contesbaba violentamente, pero él siempre notaba que ella leía libros sobre Gandhi, reportes de las Naciones Unidas que trataban sobre la pobreza de las víctimas de País Bravo, Rwanda y otras poblaciones oprimidas, inclusive se fijó que ella núnca comía animales y dedujo que es por que Bárbara no quería matar a nada ni nadie. Él se fijaba que cuando iban a Tepito, Iztapalapa u otra parte del D.F. que era más pobre que el tranquilo barrio en el cual ellos vivían, ella se conmovía por la pobreza hasta que al fin lloraba, y él la tenía que consolarla diciendole que aunque les regale un peso a los niños, aunque les compre una torta, un dulce o un café, eso no era suficiente como para salvarlos de las desigualdades de la sociedad en la cual vivían. Ella le respondía que necesitan buscar justicia para las almas y que si hay un Dios en el cielo, no le gusta ver tanta calamidad en el mundo. Siempre que alguno de los otros hombres de la casa se burlaban de Leo por sus modismos italianos y su sentimentalidad, ella lo defendía hasta casi provocarse ataques de asma.
Ese fue el punto de entrada a su corazón. Bárbara siempre se movía como si tuviera alguna misión secreta. Ella no hablaba de por qué llego a México, solamente llegó a la casa un día con una mochila llena de libros, pinceles, pinturas, cuardernos de boceto, y un albúm que llevaba fotos de su familia. Es así como él se fijó que ella le hablaba a los fotos cuando se sentía sola y después se echaba a llorar. Las recámaras de ambos estaban en el segundo piso. Todos los hombres de casa no sabían qué pensar de Bárbara. Para alguien inteligente, ella no tenía metas concretas más que buscar a la justicia, pero no sabían por qué. En el principio pensaban que era estadounidense, por que llegó a la casa hablando inglés como ellos. Lo único que podían acertar con certeza es que algo está tramando y que núnca sabían como se comportaría ese día o si podrían dormir esa noche, ya que a veces ella gritaba durante sus pesadillas, podría llegar a la casa peda y cantando los mariachis que escuchaba en Plaza Garibaldi, o tal vez le daría un ataque de asma.
Un día, Leo sí se fastidió con Bárbara. Él tenía un examen y, siendo italiano, no sabía ni papa de la historia mexicana, así que se mantuvo estudiando por varias semanas para eso, y no se le grababa nada en la mente. Ese día era un míercoles. Bárbara estaba escuchando Rage Against the Machine a todo volumen, causandole una jaquequa al pobre de Leo. Llegó a su recámara a tocar la puerta.
Nada. Ella no respondió. Empezó a gritar, “¡Bárbara, bajale a ese pinche ruido que mañana tengo examen!” Pero ahí siguió Bárbara con su música, y para el colmo, ni abrió la puerta. Al fin, él se acordó que Bárbara núnca dejaba la puerta con llave, ya que se lo prohibieron los demás por su grave estado de salud y su tendencia a las pesadillas. Abrió la puerta furiosamente, entró y bajó la música. ”¡Bárbara, no mames! Tengo un examen importantisimo mañana y ahorita voy mal en mis notas, necesito sacar un diez!” Pero después se fijo que ella estaba boca abajo en la cama, y se escuchaban ruidos. Se sentó a su lado y la empezo a acariciar, ella se levanto y él pudo ver sus lágrimas. Al principio, por que él todavía no estaba seguro como decifrar las reacciones de Bárbara, pensó que él era la causa de su tristeza, que tal vez él entro muy bruscamente y la alteró.
La abrazo tiernamente. Esa vez Leo descubrió que aunque habían vivido juntos casi seis meses, no sabía nada sobre Bárbara. Se había acostumbrado tanto a su agresividad que verla llorar le conmovió. Ese momento vió que su fuerte amiga en realidad era pequeña y delgada, que detrás de las diatribas y su fuerte voz, Bárbara era una alma fragil que siempre buscaba algo y que se perdió en el abismo de la depresión a causa de la dificultad en encontrar lo que buscaba. “¿Qué te pasa?” Bárbara le respondió con más lagrimas. Empezó a dar gemidos de tortura y alli se mantuvieron abrazados por un par de minutos, hasta que Bárbara pudo explicarle todo a Leo:
“Hoy es el aniversario de la desaparición de mis padres. Cuando yo tenía diecinueve años, fuí a matricularme a mis clases universitarias. En ese tiempo yo decidí que quería estudiar ecología por que a mi siempre me ha importado el destino del planeta. Llegué como siempre, compré mis libros, y traje un poco de pan dulce para compartir con mis padres. De repente ví a un amigo mío, Emilio y me invitó a un café. Ahí nos pasamos un par de horas y cuando ví, ya estaba oscureciendo y decidí irme a la casa. ¿Sabes? Emilio me salvó la vida con una taza de café, pero no pudo salvarse la de él mismo. Cuando estaba más o menos a una cuadra de la cafetería, un coche bomba explotí. No quise regresar y confirmar mi presentimiento de su muerte. De todos modos, ya me había acostumbrado a perder a mir seres queridos en esa cruel guerra. Me fui corriendo a la casa esperando poder decirle ésto a mis padres, por que ellos eran guerrilleros, pero no estaban. No había nota así que sé que alguien se los llevó para hacerles daño. Fuí a mi cuarto para llorar, por que no sabía que hacer, y encontre en mi cama un par de manos sangrientas. Sé que no son las manos de ninguno de mis padres por que no se parecen en nada.
Ese día cerré la casa y me fui donde mi abuela, por que no tenía a alguien más en el mundo. Ella se murió dos meses después de que mis padres desaparecieron. Me quedé sóla mucho tiempo y deprimida. Al fin llegaron los estadounidenses con su cuerpo de paz. Pensé que nos iban a ayudar pero me fijé que nadie hablaba español. Me dieron trabajo como intérprete por que casi nadie hablaba español. Yo mantuve la granja de mi abuela y convertí la casa de mis padres en una clínica. Se la vendí a unos doctores jesuitas que venían de varias partes de Europa a ayudar y así reuní dinéro. Mi plan original era ir a Austin, Texas donde la mejor amiga de mi mamá se había ido cuando no pudo tolerar más la situación en País Bravo. Cuando llegué a Chiapas, me robaron una gran cantidad de dinéro y solo tenía suficiente para instalarme aquí en el D.F.
Yo trabajaba como doctora tradicional, es decir, curandera, vendía mis cuadros y vivía de mis cultivos, cambiandolos por otras cosas que necesitaba o vendiendolos. Yo siempre permitía que los huerfanos y pobres vengan a agarrar de mi comida, ya que era demasiada para mí y no me gustaba que se pudra. Decidí irme de País Bravo por que tenía demasiadas pesadillas y por que ya no pude confiar en los estadounidenses. Núnca crearon el comité para ayudar a rescatar a los desaparecidos, ni para ayudarnos a saber si estaban muertos. Al fin me cansé de las promesas que no me cumplían y sentía yo que necesitaba hacer un cambio en mi vida. Terminé por venderle la casa de mi abuela a unas comadronas de Inglaterra que tenían dineró y me largé. Ya han pasado tres largos años y nadie sabe adónde están mis padres. A nadie le importa y por eso durante éste día, el aniversario de la desaparición de mis padres, estoy de luto. Quisiera tener esperanzas de que están vivos, pero ese pensamiento también me atormenta, por que si lo están, estoy segura de que están en manos de sus enemigos y si es así, prefiero mejor que estén muertos tranquilamente.”
Leo no esperaba tal historia, ella volvió a llorar, pero ésta vez él lloró con ella. El había vivido una vida tranquila en Italia, Argentina y Nueva York no necesariamente rico, pero siempre con comodidades y sin miedo a la guerra. A la par de los problemas de Bárbara Gigante, su exámen parecía un pequeño obstaculo y se sintió horrible por haberle gritado hace unos momentos. Le dió un beso en la mejía, pero más intenso del beso acostumbrado que le daba para saludarla en las mañanas y en las noches. Ella paró de llorar y le regresó el gesto con un beso en la mejía para él, el primero que le había dado en todo su tiempo juntos (Bárbara acostumbraba no abrazar ni besar a nadie, algo que la hacía rara en ese país de abrazos).
“Gracias por escucharme Leo. Disculpa por el ruido anterior, no quería que me escuchen llorando.” Barbará se secó las lágrimas con el suéter de Leo.
“Tú lloras todas las noches.” Leo le tomo las dos manos, “Por eso dejas la música prendida antes de dormir.”
Bárbara asintió con la cabeza. ”Mi conciencia sufre por que dejé atras a mis compatriotas, quienes me necesitaban. Pero ya no pude con el infierno, sabiendo que estaba sola. Todos mis amigos y la mayoría de mis familiares han muerto o me odian.”
“Ven a la cocina, te voy a preparar algo. Necesitas tus fuerzas.” Se sintió ridículo con su oferta de merienda, pero Leo, quién afortunadamente núnca había visto una guerra, no supo que otra cosa hacer. Él la llevó a la cocina en el primer piso, y tristemente empezó a prepara una pasta, la comida preferida de los dos. Sacó un poco de vino y se lo sirvió a Bárbara, quien estaba tranquila, pero todavía triste a causa de sus memorias. Al fin, ella empezó a ver los libros de Leo.
“¿La historia mexicana? ¿De eso se trata tu examen?”
Leo la miró mietras cocinaba, “Sí y no sé absolutamente nada sobre eso. Tengo que pasar ese examen con un diez o si no repruebo a la materia.” Al escuchar eso, Bárbara se recuperó del todo y empezo a reirse, primero tímidamente y después a carcajadas.
“¡No te burles, eso no es chistoso!” Pero Leo no le gritaba por enojado, si no que estaba preocupado.
“Pues, eres un suertudo, yo me puedo la historia mexicana al derecho y al reves.”
Leo termino de cocinar y se sirvieron. Cuando terminaron, Bárbara hizo al lado los libros y rompió algunas páginas del cuaderno de Leo. Empezó a hacer unas pequeñas caricaturas y así ella le enseño todo lo necesario. Ahí dibujo la historia de los Aztecas, Teotihuacan, del maís, de las leyendas mayas de Chiapas, dibujo el pasaje de Alaska hasta America del Sur, los presidentes mexicanos, caudillos, Amalia Hernández, jaranas, banderas que representaban a los inmigrantes que llegaron a México y otras cosas que le ayudaron a su amigo comprender la historia de ese país de valientes.
“¿Cómo aprendiste eso?” Le preguntó Leo, sorprendido por la inteligencia de Bárbara.
“Cuando mi mamá estaba embarazada, mi padre me leía todas las noches antes de dormir. A él le gustaba mucho la historia y teníamos libros de toda clase en la casa. Cuando leía algo, el me preguntaba de qué se trataba el libro. Debatíamos todos los días, mi padre, mi madre y yo. Terminé el bachillerato cuando tenía trece años por que determinaron que sabía lo suficiente y las maestras no me aguantaba por rebelde. Cuando me echaron, mi padre siguió enseñandome varias cosas, mientras que mi mamá me enseño como usar sus intrumentos médicos. Así me eduqué.”
Leo se quedó mudo. No sólo había quebrado la pared de emociones de Bárbara, tambíen quebró la pared que escondía su inteligencia. Decidió que ya no necesitaba estudiar más, y empezó en vez a contarle su historia, como seña de gratitud a Bárbara, quién quedó vulnerable despues de contarle su historia. Ese día, Bárbara terminó de tener sus pesadillas. Núnca más tuvo un ataque asmático y escucho a las historias de su amigo, “Nací en la costa de Italia, cuando mi mamá tenía veinticuatro años, y creo que nací ya con la pasta en la boca…”
33.909328
-118.200616